El padre: ¡qué gran ayuda! PARTE I

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Muchas veces, inconscientemente, nos olvidamos de la figura del padre. De hecho, yo misma, he publicado 9 entradas en el primer mes y medio que lleva este blog y no es hasta esta décima que hablo del padre.  Es cierto que le he citado en casi todos los post pero todavía no he hablado del grandísimo apoyo que me dio durante los, aproximadamente, 9 meses de embarazo así como de la ¡bendita paciencia! que tuvo conmigo en más de una  ocasión.

Sí, chicas, reconozcámoslo. ¡Nos transformamos! Toda persona que  haya tenido a una embarazada cerca sabe que, en ocasiones, tiene que armarse de paciencia. Y más todavía el padre que es quien nos “aguanta” día y noche ;-).

Cuando una  mujer se queda embarazada empieza una carrera de cambios tanto físicos (y evidentes) como psicológicos y temperamentales (a veces también evidentes ;-)). ¡¡Dichosas hormonas!!

Por ello creo, sinceramente, que el papel del hombre, siempre y cuando las circunstancias lo permitan, es primordial empezando por darle apoyo, seguridad y mimos, muchos mimos, a la mujer. E incluso, en ocasiones, “tragar” con algún que otro dardo injustificado provocado por esa revolución hormonal. Revolución que no se acaba con los 9 meses, perdura toda la vida. Lo sentimos chicos ;-).

Durante el primer trimestre, y como a la mayoría de vosotras os habrá pasado,  estaba agotada! Podía pasarme  horas durmiendo. Los que me conocen saben que no es que odie madrugar es que ¡¡me cuesta horrores!! Y con el embarazo…pues podéis imaginar. Me costaba infinito levantarme por las mañanas para ir a trabajar. Sin embargo mi marido siempre hacía de despertador personal. Me despertaba cariñosamente todos los días aun recibiendo algún que otro dardo producido por esa revolución hormonal de la que he hablado antes pero él siempre me lo devolvía con una sonrisa. ¡Bendita paciencia! No habría mañana que no le dijera, perezosamente: No puedoooo….. pero él siempre me contestaba riendo: Sí puedes!.

Ese mismo trimestre hizo de cocinero personal. Y es que entre las náuseas y la debilidad yo no quería pisar la cocina para nada.

También recuerdo que me volví una charlatana. No había día que no le soltara un “speech” de 30 minutos. Casi siempre de temas sin fondo o sin sentido. La cuestión era hablar. Y si por si acaso la conversación en el sofá era corta, antes de dormir siempre le pedía, como una niña pequeña, que se sentara a mi lado para seguir hablando! ¡Santa paciencia!

Nació un nuevo “estado” en mí (no sé cómo llamarlo). Lo bautizamos como “el risa-llanto” y es que cada vez que algo me hacía reír a carcajada acababa en llanto. Y luego, otra vez, carcajada. Y luego llanto… Total: se quedó en “risa-llanto”. Cada vez que me reía a carcajada suelta, y no eran pocas las veces, mi marido bromeaba con un “esto va a acabar mal”. Qué razón tenía ;-).

Durante el segundo trimestre, sufrió el síndrome del “marido abandonado” pues, como muchas embarazadas, en ese trimestre me sentía súper vital e hiperactiva. Todo menos estar en casa. Él llegaba de trabajar  y, sorprendido de que yo no estuviera, me llamaba para ver dónde estaba. Estaría en casa de mi hermana, o visitando a una amiga, o tomando algo con alguien, o…. ¡qué se yo! La cuestión, como he dicho, era estar fuera de casa con algún que otro plan 😉.

En el tercer trimestre yo ya me sentía súper pesada y gorda pero siempre estaba él ahí para decirme lo guapa que estaba.

Por supuesto, cualquier capricho que tuviera, no hablo ya de comida sino de algún plan o sitio al que ir, nunca me decía que no. Y es que jugar con las hormonas de una mujer embarazada es alto riesgo ;-).

Y ¿qué me decís de las visitas al ginecólogo? Si el trabajo y demás circunstancias lo permiten, os recomiendo que vaya con vosotras a todas las consultas que tengáis.

En mi caso, por suerte, pudo acompañarme a todas. No se saltó ni una y eso que, sobre todo en la recta final del embarazo, estaba con muchísimo trabajo pero ¡ahí estaba él! aunque ello supusiera trabajar ese día hasta las 2 de la mañana e incluso algún que  otro fin de semana.

No sé si os habrá pasado a las que sois madres o no pero en mi caso he de reconocer que en cada consulta que teníamos ¡no me enteraba de nada!. Iba nerviosa y con muchas ganas de ver la carita de mi pequeño, aunque fuera en blanco y  negro. Así, mientras el ginecólogo me hacía la ecografía y nos iba explicando la evolución, yo estaba más centrada en ver al bebé cómo daba volteretas, saltos (¡ahí dentro se mueven que da gusto!) o movía las manitas. Ello hacía que muchas de las palabras que decía el ginecólogo yo ni las escuchara. Así que muchos días al salir de la consulta mi marido tenía que hacerme un resumen de algunas cosas de las cuales, como he dicho, no me había enterado.

En fin, como veis, el padre tuvo un papel primordial en el embarazo. Fue muy paciente conmigo, demasiado quizá, y me brindó el apoyo y seguridad que nadie, mejor que él, podría darme.

Un papel que, evidentemente, no acabó ahí pues ahora, que ya somos padres, tiene otro todavía más importante. Papel del que hablaré en un siguiente post ;-).

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