Una noche sin niños.

Parece que le he encontrado yo el gusto a esto de dormir fuera de casa sin mi peque, ¿verdad?.

En realidad no. Lo que pasa es que en estos 15 meses se han juntado las únicas dos noches que he pasado fuera de casa en una misma semana. Ley de Murphy…. 😉

Antes de saber que, por trabajo, iba a pasar la noche del martes fuera de casa, mi marido y yo ya teníamos programada una escapada para la noche del viernes pasado. Llamémosla “escapada romántica” por aquello de ir a un buen hotel y sin niños (dato, este último, importante). 😉

Y es que, como sabéis, por aquello de ser “foráneos” en la capital, no tenemos abuelos con quien dejar a Álvaro pero sí una chica, a estas alturas de total confianza, que se queda a dormir cada dos viernes lo que permite que Diego y yo podamos “escaparnos” un rato del mundo de la ma/paternidad y centrarnos en nosotros como pareja.

Hasta la fecha, hemos aprovechado la noche de esos viernes para ir a cenar, solos o con amigos, e ir al cine.

Sin embargo, hace poco más de un mes, y viendo lo bien que se maneja Beatriz (la chica) con Álvaro, le propuse a Diego ampliar ese plan de los viernes yéndonos a un hotel sin lloros nocturnos ni despertares tempranos.

¡Y así lo hicimos! Eso sí, nada de aviones de por medio ni más de 50km que nos separara de nuestro pequeño por aquello de “si pasa algo”.

La idea fue mía pero he de reconocer que la sorpresa me la dio mi marido. Y es que reservó en la 8ª planta de un Hotel en pleno centro de Madrid con espectaculares vistas (casi privadas) al Palacio Real.

Pero la cosa no quedó ahí. Tras salir a la terraza de nuestra habitación me encontré con una amplia zona de relax y… un jacuzzi para disfrutar en privado bajo el cielo estrellado de Madrid. Una pasada.

Al día siguiente amanecimos con tranquilidad, nos pegamos un súper desayuno en el buffet libre, de esos que a mi me encantan, y luego nos fuimos a pasear por la zona de Sol cual guiris de vacaciones. Hasta compramos varios souvenirs para casa. 😉

Si podéis hacerlo es totalmente recomendable. Se desconecta de verdad y ¡se duerme!. Yo no me debo quejar pues me ha tocado la lotería con Álvaro ya que, desde pocos meses, duerme sus 12 horas sin rechistar pero, quieras o no, estás con una oreja pegada en su habitación. En el hotel no. En el hotel descansé de verdad.

La experiencia fue más que satisfactoria y, sin duda, repetiremos pronto.

¿Qué tal la vuestra? ¿Habéis podido hacer alguna escapada en pareja?

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Primera noche fuera de casa y…. ¡Overbooking!

He de reconocer que la idea inicial para este post era contar mi experiencia tras haber pasado la primera noche, en 15 meses, fuera de casa. Y es que desde que Álvaro nació, no me he separado de él ni un sólo día.

Hoy, por temas de trabajo, tenía programada una reunión en Ourense a las 12h. Ello suponía volar al aeropuerto de Santiago de Compostela y, de ahí, alquilar un coche dirección Ourense.

Mirando horarios de vuelos, tenía dos opciones: o bien coger un avión a las 7:35h de la mañana del propio miércoles, lo cual suponía levantarse a las 4:30h, como tarde, o bien, dejar todo apañado en casa (chica, Álvaro, Diego, … ), y coger un vuelo el martes a las 20h aun suponiendo pasar una noche fuera de casa.

Me decanté por la segunda opción. Los que me conocen saben que adoro dormir y me cuesta horrores madrugar. Imaginaos levantándome a las 4:30h de la mañana. ¡Imposible!. Sin embargo, como sabéis, la chica se va a las 18:30h que es cuando suelo llegar yo. Pero, dadas las nuevas circunstancias, ¿qué íbamos a hacer la tarde del martes?. Barajando varias opciones, finalmente sería mi marido el que, en vez de llegar a casa como suele hacerlo a las 21:30h, volvería antes para ocupar “mi papel”.

¡Todo arreglado!. Me fui tranquila de casa a las 9 de la mañana rumbo al despacho para ir luego directamente al aeropuerto con la tranquilidad de saber que en casa estaba todo controlado.

Controlado en casa sí que estaba. Sin embargo, nunca imaginé que tras llegar al aeropuerto de Barajas, y con tiempo suficiente, iba a pasarme lo que todo el mundo espera que no le pase en un aeropuerto: quedarse en tierra.

¡Sí, señores! Overbooking en el avión. ¿Over qué? Eso es lo que pensamos las más de 10 personas que nos quedamos en tierra. ¿Cómo es posible que Iberia venda más billetes que asientos tiene el avión? Pues sí, queridos lectores. Y lo peor, es que es completamente legal. ¿Consecuencia? Te quedas en tierra hasta el siguiente vuelo el cual, en nuestro caso, no era hasta las 7:35h de la mañana siguiente.

Así que, finalmente e irremediablemente, terminé por hacer la primera opción.

Eso sí, la compañía, Iberia en este caso, corre con todos los gastos: ubicación en otro avión, alojamiento, cena y desayuno en Hotel de 4 estrellas cerca del aeropuerto y un reembolso de 250€ por pasajero. Dentro de lo malo….Ni tan mal.

En resumen: Terminé durmiendo a tan sólo 10 minutos de casa pegándome el madrugón padre que, desde un inicio, quería evitar (5:30h).

En fin, como veis, la experiencia de pasar la primera noche fuera de casa, aun habiendo echado mucho de menos a mis hombres, ha pasado a segundo plano pues la realmente vivida ha sido digna de contar. Quedará como una anécdota.

Hace poco más de una hora que he llegado y el recibimiento de mi bolita ha sido genial! Ahora a disfrutar de mis chicos. 😉

Os dejo una foto, malísima lo sé, del amanecer del miércoles en Madrid. 😉

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Hola! Hola! Hola!

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Sin duda, Hola, es la palabra favorita de Álvaro (y que le hagan caso, por supuesto).

Y es que, con casi 15 meses de edad, nuestro hijo se ha convertido en un niño muy simpaticón y más que sociable. ¿Genes de su madre? Yo de pequeña, según mi abuelo Juan, era una niña muy alegre pero de ahí a tener el desparpajo que tiene Álvaro… no sé yo… Tendré que decir que son los genes de su padre, supongo. 😉

Desde el mismo momento en que cambié la dirección de la silla del Bugaboo, y pasó de estar en contra de la marcha a mirar hacia delante, ya sonreía a todo aquél con el que cruzábamos camino.

¿Y en cuanto aprendió a saludar con la mano? Ay, amigos. A todo aquél que estuviera en su punto de mira, aun estando a 7 leguas,sonreía y saludaba con su manita regordeta. No sé cómo no terminaba el día con dolor de brazo.

Yo veía gente que, de lejos, empezaba a sonreírle, hacer gestos con la mano e, incluso, hacerle carantoñas. Y no hablo sólo de señoras mayores, no. Hablo de adolescentes o chicos varones de 25 años. Un público que, normalmente, “pasa” de los bebés. Al principio pensaba: “qué de gente maja” pero claro, con un niño que lleva 10 minutos así, ¿qué van a hacer?.

Pero, señores, la cosa no quedó ahí. Hemos dado un paso más. Ahora pronuncia la palabra HOLA así que podéis imaginar cómo son los paseos con él. No necesita amplificador. Le oye hasta el de la cera de enfrente. Además, no se contenta con un solo “hola”. No. Hasta que la persona en cuestión no le saluda, no cesa en su empeño.

Y es que le encanta que le hagan caso. Nos ha salido muy coqueto el señorito. Y cuando ha conseguido su objetivo (captar la atención de esa persona o grupo de personas) es cuando, con una tímida sonrisa, retoma su corto camino hasta dar con la siguiente “presa”. Eso cuando no le da por entablar conversación porque, en ese caso, podemos estar así hasta mañana.

Si va en su Maclaren, la solución la tengo fácil: retomo el camino yo. Pero como sea él el que, al ir andando, “domine la situación” despídete de hacer todos los recados ese día.

Imaginaos a un bebé, recién iniciado en los andares, saludando a todo aquél con el que se cruza. He de reconocer que yo, a parte de ponerme colorada, voy partida de la risa. Vamos, que me lo paso bomba.

Mi suegra siempre ha dicho que con Álvaro se liga mucho ya que, cuando iba en capazo o silla, todo el mundo se paraba a verle. Pero es que ahora, no es que se ligue, es que poco más y entablas amistad con la persona. Le da igual si son niños pequeños, chicas o señores mayores. No tiene preferencias.

A este paso, conoceremos a todo el barrio! Y es que, ¿quién se resiste a devolverle el saludo a un bebé tan salao? 😉

No hay juguete más molón que el papel higiénico.

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Como lo leen. ¡Mi hijo juega con el Papel Higiénico!.

No es que le guste, es que le encanta. Le vuelve loco. Es entrar por la puerta de casa y va directo a su cuarto de baño (al fondo a la derecha). 😉

Al principio pensábamos que lo hacía porque sabía que tocaba la hora del baño. Pero claro, eso suele ser a las 20h. Además, la llegada a casa a esas horas siempre va acompañado de un “ahora toca bañar a Álvaro”. Y él, que es muy listo ( ;-)), pone la quinta marcha dirección “primera puerta a la derecha”.

Sin embargo, cuando en vez de las 20h, llegamos a las 13h (por poner un ejemplo) sigue poniendo rumbo al mismo lugar. Y es que, ay amigos, tras esa misteriosa puerta se halla el (por el momento) juguete más molón: el papel higiénico. Le encanta esparcirlo por todo el camino que recorre. Es como el perro de Scottex solo que en vez de perro es un varoncito de tal sólo 14 meses.

Mira que tiene juguetes. Demasiados. Eso sí, la mayoría heredados de los primos (que no son pocos) ya que yo, reconozco, no le he comprado más que en contadas ocasiones. Y es que, a veces me pregunto: ¿para qué comprarle más si apenas hace caso a todo el arsenal de juguetes que tiene en casa? ¿Juega con ellos? Sí, por supuesto. Pero donde esté el iPad, iPhone o el papel higiénico que se quiten los demás.

¿Yo? Ya he tirado la toalla. Confieso que más de un día dejo que juegue. Eso sí, jamás le dejo solo. No sea que me descuide y terminemos en urgencias. 😉

Ahora, además, parece que también encuentra divertido el abrir el grifo del bidé. De hecho hoy casi me inunda el baño…. 😉

En fin, confío en que sea un gusto pasajero y que en un futuro (no muy lejano) retome esos juguetes aptos para un bebé de 14 meses. 😉

¿Con qué cosas “raras” se han aficionado vuestros hijos?

El ahogamiento secundario.

Aunque no es habitual que publique más de un post a la semana, hoy os traigo uno que, a parte de haber sido de redacción fácil (es copiado), creo que es importantísimo.

Reconozco que desconocía la existencia de este tipo de “ahogamiento” y que, cuando lo he leído, me he quedado helada. Así que, como habrá más como yo que vivan en esta ignorancia, he decidido publicarlo.

Espero que os sirva. Lo he encontrado en la página web Huffpost y está escrito por Lindsay Hujawa y traducido por Marina Velasco Serrano.

“Lo que todos los padres deben saber sobre el ahogamiento secundario.

El fin de semana pasé uno de los peores momentos de mi vida desde que soy madre. Después del shock, me vinieron a la mente un montón de recuerdos, de remordimientos y de cosas que me hubiera gustado hacer de otra manera.

Siempre suelo dudar sobre si compartir o no experiencias muy personales en mi blog, porque me gusta guardarme algunas partes de mi vida privada, pero decidí que era preferible compartir este suceso en particular, aunque me hiciera sentir la peor madre del mundo. Sentí que concienciar a la gente sobre lo ocurrido podía evitar que sucediera algo similar a mis lectores.

Esta es la historia:

Era un sábado bastante normal (o eso creía yo). Nos levantamos temprano, Ian y yo preparamos café y desayunamos huevos resueltos según nuestra tradición familiar de fin de semana. Estuvimos jugando en el patio y luego Ronin y yo nos fuimos al supermercado para comprar algunos productos básicos. De camino para allá, se me pinchó una rueda por culpa de un clavo. Menudo follón. Dos horas más tarde, nos pusieron una de repuesto. Ya eran las dos y media de la tarde y se suponía que teníamos que estar en el cumpleaños de mi sobrina a las 3. No sé cómo, pero me las arreglé para llegar a casa con tiempo para ducharme, coger los bañadores de los niños y ponerles la crema. A las tres y media estábamos en el cumpleaños. Era una fiesta en la piscina, así que todos los primos ya estaban bañándose, tirándose y pasándoselo bien. Todos los adultos estaban sentados fuera, disfrutando del buen tiempo. Yo estaba mirando a Ronin, que se había quedado sentado en el escalón grande de la piscina prácticamente desde que se metió.

Y aquí todo empezó a ir mal. Yo estaba sentada justo en la esquina de fuera de la piscina, a poco más de un metro de distancia de Ronin. Me giré para hablar con mi cuñada. Estuve girada unos cinco segundos, como máximo. Volví a darme la vuelta para echar un vistazo a Ronin y ya no estaba en el escalón. El pánico y el miedo maternal subieron a su máximo nivel. Le busqué frenéticamente con la mirada y vi que estaba dando vueltas por los chorros en el otro extremo, y su cabeza subía y bajaba desesperadamente para buscar aire. Lo saqué tan rápido como pude. Desde que se cayó al agua hasta que lo cogí pasaron unos 20 segundos. Aparte de que Ronin estaba visiblemente molesto y tosía para escupir el agua, cuando se calmó parecía recuperado por completo. Soy la madre más paranoica y exagerada que he conocido nunca, y me daba muchísima rabia que hubiera ocurrido literalmente a un metro de mí. Parecía más cansado que de costumbre después de lo ocurrido, pero me imaginé que estaba agotado por lo que había pasado, por el calor y por el ejercicio que había hecho en las últimas horas. Nos fuimos de la fiesta enseguida.

En casa, Ronin no era el mismo de siempre. Podría haberlo achacado a su cansancio, pero mi instinto me decía que le pasaba algo más. Le entró una tos rara que le ponía tenso cada vez que hacía el esfuerzo. Pensé que quizás estaba intentando toser parte del agua que había tragado. Llamé a la pediatra y le dejé un breve mensaje en el que le explicaba lo ocurrido y los síntomas que había tenido hasta el momento. Unos minutos más tarde (¡qué rapidez!, pensé al coger el teléfono), me llamó.

Lo cierto es que la pediatra de Ronin suele ser bastante tranquila. Y la mayoría de las veces que la llamo por una emergencia me dice que todo va a ir bien, me da una lista de síntomas que debo observar y me dice que lleve a los niños a la consulta si empeoran. Esta vez fue diferente. Se mostró seria y me dijo que tenía que llevar a Ronin INMEDIATAMENTE a Urgencias porque podría estar experimentando síntomas de casi-ahogamiento (o ahogamiento secundario). Puedes leer más sobre este tema aquí. Colgué y nos fuimos rápidamente a Urgencias. Las enfermeras nos atendieron enseguida y en unos instantes llegó el médico. Le volví a contar la historia y en un tono de reprimenda me preguntó que por qué no lo había llevado antes. Le dije que, tras lo ocurrido, el niño aparentemente estaba bien. Le dije que respiraba con normalidad y que no daba muestras de angustia. Pero al doctor no le gustó mi respuesta y, sabiendo lo que sé ahora, no le culpo. Tomaron la temperatura a Ronin y tenía más de 38º C de fiebre. Me extrañó mucho, porque durante el día no se había encontrado mal.

El médico pidió que le hicieran una radiografía de tórax y unos análisis de sangre. A esa hora, Ronin ya empezó a sentirse muy débil y casi inconsciente. Cuando estuvieron listos los resultados, el médico vino a la habitación. Su cara ya nos avisó de que no nos iba a dar buenas noticias. Nos dijo que los análisis de sangre habían salido bien (eso es bueno, pensé), pero no la radiografía. Sus pulmones aspiraban. Y las consecuencias de ello eran muy diversas: podría no ocurrirle nada al niño, pero también podría provocarle una neumonitis química (por los productos de la piscina) e incluso la muerte por asfixia en cuestión de minutos. Dijo que la situación era grave, y que tenía que enviarlo inmediatamente en ambulancia al hospital infantil de San Diego para que lo viera un pediatra especialista. Dijo que ya lo había preparado todo y que un grupo de médicos y enfermeras nos atendería. Mi corazón se hizo mil añicos en ese preciso momento. Sentí que me estaban rasgando el pecho literalmente. Era mi culpa, y no me importaba las veces que la gente me dijera que había sido un accidente y que le podría haber pasado a cualquiera.

En la ambulancia, los niveles de oxígeno de Ronin empezaron a bajar. Miraba a la pantalla e iban del 98 al 92%, y luego del 89 al 74%. El equipo médico a bordo le colocó una mascarilla de oxígeno. Y a mí casi me da algo. Intentaron calmarme y me dijeron que todo iba bien, pero nunca me he sentido tan impotente en mi vida. Cuando llegamos al hospital infantil, un pediatra y cuatro enfermeras nos estaban esperando. Nos acompañaron a nuestra habitación, donde había un técnico de rayos X esperando. Le hicieron otra radiografía y más análisis de sangre. Me dijeron que llegados a “este punto”, solo podían examinar a Ronin y esperar. ¡¿Esperar a qué?! Le conectaron a máquinas de todo tipo y estuvimos esperando toda la noche mientras Ian y yo le observábamos dormir. El sábado llegó la doctora más agradable y me dijo que este tipo de accidentes tontos causados tras un episodio de casi-ahogamiento ocurren más a menudo de lo que pensamos. Dijo que habíamos hecho lo correcto al llevar a Ronin al hospital y que muchas veces estos incidentes acaban de forma trágica (los padres llevan al niño a la cama y nunca más vuelven a verlo despierto) porque los padres piensan que su hijo está bien si empieza a respirar con normalidad después del suceso. También nos dijo que había otros dos niños pequeños en la misma planta a los que le había ocurrido ¡exactamente lo mismo que a Ronin!

Nos dijo que estaba muy contenta porque la última radiografía mostraba que el agua que se había quedado en sus pulmones estaba empezando a desaparecer. La otra noticia (no tan buena) era que tenía neumonitis química debido a que sus pulmones habían absorbido los productos químicos de la piscina. Tenía los pulmones irritados e inflamados, pero la doctora nos dijo que, a pesar del diagnóstico, todo iba mejor. También nos explicó que el personal clínico lo examinaría un poco más para asegurarse de que no se producía fiebre ni ninguna complicación en los pulmones.

Ronin se despertó el domingo a eso de las 10. Lo que quiero decir es que por primera vez desde el incidente se despertaba muy cabreado al ver que tenía todos esos tubos encima, la vía intravenosa en el brazo y una pantalla con sus latidos conectada al dedo gordo del pie. Nunca me he sentido tan feliz al ver a ese hombrecito gruñón. Volvía a ser el Ronin de siempre. Las enfermeras vinieron porque le oyeron armar tanto revuelo. Era una buena señal.

Más tarde, nos dijeron que Ronin estaba oficialmente fuera de peligro y que ya podían darle el alta e irnos a casa. Gracias a Dios.

He cambiado por completo desde que ocurrió esto. No es que este episodio vaya a definir mi vida, pero os puedo asegurar que a partir de ahora haré las cosas de forma muy diferente. Ha sido un toque de atención enorme. Y me ha enseñado que, efectivamente, en cosa de segundos tu vida puede cambiar para siempre. He estado demasiado cerca de saber cómo podría ser en realidad.

Antes del sábado no había oído nada sobre el ahogamiento secundario. Si hubiera escuchado algo sobre el tema, habría actuado de otra manera. Le habría llevado al hospital en el momento en que advertí un cambio en su comportamiento, aunque luego solo se tratase de mi actitud superparanoica o, simplemente, de agotamiento tras un día intenso.

Lo que debes saber:

Puede ser complicado reconocer los síntomas de ahogamiento secundario, ya que la víctima aparentemente está bien después de un episodio de casi-ahogamiento. Quizás el niño haya aspirado una cantidad de agua muy pequeña y pienses que lo ha expulsado todo al toser. En el ahogamiento secundario, el agua puede llenar los alvéolos pulmonares, lo cual reduce la capacidad de oxigenación de la sangre. El corazón no se ralentiza de forma significativa durante este proceso, sino que lo hace muy poco a poco, de modo que tu hijo podrá seguir hablando y andando. El único síntoma observable es un cambio repentino de personalidad o en el nivel de consciencia (como le pasó a Ronin), pues los niveles de oxígeno se reducen pasado un tiempo.

Por tanto, si tu hijo experimenta un episodio de casi-ahogamiento, observa con mucha atención su comportamiento y su nivel de energía. Puedes salvarle la vida si actúas con rapidez y le llevas para que le vea un médico inmediatamente.

Espero que esta historia conciencie a la gente que la lea. Estoy muy agradecida de que Ronin esté bien y de no haberlo acostado esa noche pensando que estaba bien. Estos últimos días he dado muchas veces las gracias. Quiero asegurarme de que no le vuelva a pasar a otro niño, así que difúndelo y, por favor, compártelo con aquellos a quienes les pueda interesar.”

Que paséis un feliz fin de semana y ya sabéis, a disfrutar del agua con precaución.

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¡¡Hay vida más allá del Bugaboo!!

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Ante todo aclaro que este post lo escribo, al igual que todos, sin patrocinio alguno. Donde digo Bugaboo léase “Cochecito” y donde digo Maclaren léase “silla ligera”. Estoy segura que habrá opiniones para todo y que igual, para algunos de vosotros, mi elección no haya sido la más acertada. En ese caso, agradeceré seguir viviendo feliz en mi ignorancia… 😉

Mucho antes de nacer Álvaro e incluso antes de saber, si quiera, que iba a quedarme embarazada, ya tenía muy claro cuáles iban a ser los cochecitos que íbamos a comprar: Bugaboo y Maclaren, por este orden. Y es que, a parte de ser los más buscados y vendidos a nivel internacional, he vivido en mi hermana y cuñadas, la elección y satisfacción de ambas marcas.

¿Qué os puedo decir del Bugaboo? He estado encantada con él. Es de manejo suave y, a la vez, un Chelsea Tractor como le llaman los ingleses. Ya sea asfalto o camino de piedra el Bugaboo todo lo puede. Lo he defendido a capa y espada y, sin duda, recurriré a él con un segundo baby. 😉

Sin embargo, mi admiración por este cochecito bajó unos cuantos puntos cuando descubrí el magnífico mundo de las Sillas ligeras.

Reconozcámoslo: el Bugaboo (así como cualquier cochecito de dos piezas) es un rollo a la hora de desplazarte en coche. Y es que, por muchos litros que tenga el maletero, y el nuestro es de un 4×4, es meter el chasis junto a la silla y ¡oye! ¡Que se acabó el espacio!.

Así que, visto el tamaño y peso de Álvaro y que las vacaciones están a la vuelta de la esquina, decidimos pasarlo a mejor vida (entiéndase bajarlo al trastero).

El cambio a la Maclaren ha sido más que notable. Notable en cuanto a espacio en casa se refiere, notable en espacio de maletero y, sobretodo, notable en mi espalda a la hora de empujarlo junto con esos 12kg que pesa ya nuestro gordito (y va en aumento). 😉

¡¡Cómo se nota en los viajes que ya hemos hecho!! Ahora, el espejo retrovisor del centro del coche tiene visibilidad!! 😉

Los únicos inconvenientes que quizá veo son, por un lado, que, a diferencia del Bugaboo, la Maclaren se maneja peor con una sola mano. Vamos, que si vuelves del súper con una mano ocupada por bolsas y la otra agarrada a la silla, ten por seguro que ésta se te irá “pa Cuenca”. Y si no, que se lo pregunten a los del norte cuando llueve. 😉

Y, por otro lado, la distribución del peso no está muy lograda. Y pensaréis: de ahí que se llame ligera. Ligera sí. Pero vamos, que si no se me ha caído la Maclaren al suelo cada vez que saco a Álvaro 100 veces en estas dos últimas semanas, no se me ha caído ninguna. Y claro, sujeta tú a un niño que echa a correr en cuanto pisa suelo y, a su vez, intenta levantar la silla… Un show! 😉

Por lo demás, estoy encantada con el gran paso a la silla ligera. Tanto que, a diferencia del año pasado, este verano no temo que llegue la hora de cargar el coche rumbo a unas esperadas, y merecidas, vacaciones.

¿Qué tal vuestra experiencia?