Si Mahoma no va a la montaña….

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La imagen es POCOYÓ malito, en honor a mi hijo pues es su muñeco favorito. 😉

Estando embarazada de Álvaro nos surgió la duda que a todo padre primerizo (o no) le asalta. ¿Guardería o no? La respuesta fue NO. ¿Y eso? Pensaréis. Pues sencillamente porque el llevarle tan chiquitín a la guarde (con escasos 4 meses) suele ser por necesidad: Porque la mujer vuelve al trabajo y no tiene con quién dejar a su hijo. Pero ¿qué pasa si un día (o 15 seguidos) se pone enfermo? ¿Qué solución le damos? ¿Con quién le dejamos?. Tanto mi marido como yo estamos prácticamente solos en Madrid. No tenemos a quien acudir (abuelos normalmente) ante situaciones similares. Así que, ante ese hándicap, decidimos contratar a una chica para que estuviera con Álvaro en casa todo el día en vez de llevarle unas horas a la guarde. Y ¿sabéis qué? No me arrepiento de esa decisión. Es más, para futuros hijos probablemente hagamos lo mismo, retrasando al máximo que podamos, la entrada en guardería.

Otra de las razones por las cuales me “negué” a llevarle a la guardería tan chiquitín era el evitar que cogiera todo virus habido y por haber. Ya sabemos que “niño que va a guardería niño que pilla de tó”. A lo que yo pensé “¿Qué necesidad tenemos de ello?” Ninguna.

Conclusión: No le llevamos a guardería (hasta ahora….) 😉

Sin embargo, y ahí viene la relación con el título de este post, si Mahoma no va a la montaña…… 😉

Álvaro ha terminado cogiendo, no todos pero sí muchos, virus que rondan las guarderías del barrio. Y os preguntaréis: ¿Cómo?. Pues sencillamente porque, aunque Álvaro se quede en casa, no significa que no juegue con otros niños.

Vivimos en una urbanización con columpios y zonas varias de “desahogo” para los peques. Zonas a las que Álvaro, junto con Beatriz, la chica, baja todos los días unas 3h por las mañanas. Es en ese rato en el que juega e interactúa con otros niños de su misma edad. Niños que no van a la guardería y están al cuidado de otras chicas y niños que…..(y aquí viene el origen)….van a la guardería hasta las 12h.

¿De dónde vienen los virus? De este último grupo. Por lo menos así ha sido con este último virus gástrico que está pasando por casa. Demostrado. ¡Ahora lo entiendo todo! 😉

Así que tenemos a Álvaro, el pobrecito mío, que va por el camino de la deshidratación. Y para evitarlo, le hemos puesto a “semi” dieta blanda, bebiendo mucho suero y, como probiótico, tomando Reuteri desde ayer.

Dicho esto, y como la labor de las guarderías va mucho más allá del simple entretenimiento de los niños, aprovechando que Álvaro ya tiene casi casi año y medio, y que la casa se le queda ENORME, estamos buscando guardería por el barrio para que vaya, aunque sea, de 9 a 12h.

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Las embarazadas y los ancianos causan sueño.

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¡Qué casualidad! Sí señores. Sueño o ceguera global diría yo.

Y es que por mucho que sea graciosa la foto que va por título, lo cierto es que parte de razón sí tiene.

Cada vez es más común ver embarazadas (algunas embarazadísimas) que van de pié tanto en el metro como en el autobús. Qué daño está causando el MP3 y/o aparatos similares que hace que no nos demos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. Nosotros, mientras tengamos nuestra musiquita taladrándonos el tímpano, felices y contentos en nuestro merecido asiento.

Y hago referencia a embarazadas porque, por suerte, todavía me queda mucho para llegar a la vejez. Así que mi experiencia se basa únicamente a cuando estuve en estado de buena esperanza.

Así, estando embarazada de 8 meses, después de haber pasado todo un día celebrando la despedida de soltera de mi amiga Inma por las calles del centro de Madrid, o sea sé, después de estar algo así como reventadísima, cogimos el Metro de vuelta a casa.

Éramos un grupo de 8 mujeres “de despedida” (nada discretas) yendo una de ellas disfrazada, con mucho gusto eso sí, de andaluza gitana reguapa. Vamos, que desapercibidas no pasábamos.

De esas 8 mujeres, no era yo la única que estaba embarazada por aquél entonces. Éramos 3 huevos kinder. Mi amiga Aran, Marian y una servidora. Estábamos de 6, 5 y 8 meses respectivamente. Sobra decir que a las 3 se nos notaba, y bastante.

Pues bien. Sábado a las 21h por el centro de la capital. Hora punta en el Metro de Madrid. Nuestra preocupación ya no era evitar que alguien nos robara, no. Era intentar no caernos de bruces contra el suelo pues apenas había espacio para sujetarse.

Aun con todo, a nadie se le ocurrió levantarse de su cómodo asiento. Nadie.

Ante esa situación empezamos las 3 embarazadas a gastar bromas en voz alta. Debían de estar todos sordos pues ahí no se inmutó nadie.

Creo que al final conseguimos sentarnos en la penúltima estación. Pero por espacio suficiente. No por que se levantara nadie. No.

Tela, telita, tela.

¿Os ha pasado a vosotros?

Home sweet home…

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Jamás hubiera imaginado que repetiría una frase tan oída en mi madre. Y es que al final, el hada buena de El Mago de Oz tenía razón y todo: Se está mejor en casa que en ningún sitio. 😉

¿Me habré hecho mayor? O, ¿habré pasado de ser una happy de la vida a una madre con responsabilidades?. Sea como fuere, y aunque me ha dado mucha pena el que las vacaciones, como tal, se terminaran, he de reconocer que el volver a la rutina no ha sido tan costoso como años anteriores. Más bien al contrario. La última semana ya estaba deseando llegar a Madrid y, con ello, a nuestro ajetreado, pero controlado, día a día.

Y digo “controlado” porque durante estas semanas de “supuesto” relax total hemos tenido que asistir a más de un susto. Vamos, que la primera visita a Urgencias en lo que llevamos como padres, ha sido en estas vacaciones. 😉

Sí señores. El 5º día de estar relajados entre las frías playas de Nuevo Portil y El Rompido, tuvimos que hacer una pequeña visita al Centro Médico de Cartaya. ¿Motivo? Tener un hijo de 16 meses. ¿Y qué?, pensaréis muchos. Muy simple: Los 16 meses para un bebé que ha estado dependiendo de sus padres desde que nació, es un cambio radical. Es su “mejor” etapa vivida hasta la fecha.

El otro día recibí un correo electrónico de una marca infantil cuyo título era el siguiente: “¿Tu hijo de 15 meses ha pasado de ser el niño más bueno del mundo a ser un rebelde sin causa?”. Enseguida, levanté la mano afirmando un rotundo “SI”. ¿Qué ha pasado con ese niño tranquilote y bonachón que tenía por hijo? ¡Pero si hasta la pediatra le llamaba “SANTO”!

A esta edad, en la que hablan (un idioma que sólo ellos entienden) y corretean por donde les da la santa gana, han aprendido que nadie ni nada les impedirá la consecución de su objetivo (sea cual fuere en ese momento).

¡Ojo! Sigue siendo muy bueno, simpaticón y parlanchín pero lo que es parar quieto no para un segundo. Todo lo quiere coger, todo lo quiere tocar. “Es la edad”, me dicen muchas madres.

Tras varios sustos, vasos rotos e intentos de saltos de la cuna, el 5º día de estar en Huelva, la última carrera de nuestro hijo por la habitación no corrió la misma suerte que días anteriores. Terminó comiéndose la esquina de un azulejo del lavabo. ¿Consecuencia? Un chichón del tamaño de una bola de golf empotrada en la frente. ¡De perfil parecía un extraterrestre!

Por suerte no fue nada interno. Y a nivel externo, como siempre, lo más importante es controlar la actitud del niño. Y tal y como dijo el médico: “este niño está estupendo. ¿No le veis? Lo que necesita son más golpes y menos mimos de mamá”.

¿Entendéis ahora porque titulo este post “HOME SWEET HOME”? En casa estamos más relajados. Él juega en su cuarto de juegos tranquilamente. Digamos que vuelve a parecerse al niño tranquilo que teníamos por hijo. 😉

Dicho esto, las vacaciones han sido una maravilla. Creo que, por fin, hemos encontrado un destino fijo para las vacaciones de verano: Huelva. Es perfecto. Por no hablar de su gente: un amor de personas.

En fin, aquí estamos de vuelta y con ganas de afrontar un nuevo “curso”.