¡¡Feliz Navidad y Feliz año nuevo!!

Postal de Navidad - Mama de un Survivor

Los que me leéis desde hace más de un año sabéis que me encanta la Navidad. Es una época preciosa que espero con ansia (casi casi) desde que se acaba el verano.

El año pasado, al ser las primeras que pasábamos con Álvaro, ya fueron unas Navidades muy especiales. Sin embargo creo que éstas van a ser todavía mejor. Mejor porque podemos decir que nuestro hijo ya empieza a enterarse de todo y mejores también porque viene una hermanita en camino.  No podemos ser más felices. 😉

Ahora estamos disfrutando de todas las reacciones que va teniendo Álvaro a medida que avanzan estas fechas.

Va por la calle con la mano estirada como si quisiera tocar las luces que adornan las fachadas.

Nunca pierde esa mirada de niño inocente ante cualquier adorno de Navidad y, mucho menos, esa sonrisa con la que conquista a la gente.

Le encantan los villancicos españoles y ¡bailar con ellos! Cuando llego a casa lo primero que hace es llevarme al salón para que le encienda el árbol y luego me señala la mini cadena para que le ponga villancicos. ¡Y todos a bailar!

¿Y por las noches?. Por las noches, antes de acostarse, va directo al Belén para tirarle un beso al Niño Jesús mientras mami le reza el “Jesusito de mi vida”.

En fin, que estoy disfrutando como una enana a su lado. 😉

En otro post os contaré cómo es eso de hacer de Reina Maga. En mi caso se me da fatal. Y es que acabo de empezar a ejercer como tal, casi mi primer añito, y peor no se puede hacer.

Uno de los regalos que SSMM los RRMM de Oriente van a traerle a Álvaro va a ser un peluche interactivo de Pepa Pig (o de Pepa Api como la llama él) con una tablet. Pues  bien, dicho regalo está guardado en el altillo de un armario donde una servidora guarda sus botas. El otro día, mientras me estaba cambiando para salir a la calle, veo que Álvaro viene corriendo a mi habitación, cual loco por el pasillo, con una mano levantada, sonrisa de oreja a oreja, cara de felicidad máxima y gritando “¡Pepa Api!”.

Yo, que estaba de espaldas al armario, no sabía por qué repetía sin cesar y, reitero, ilusionadísimo: “Pepa Api, Pepa Api”. No lo sabía hasta que me giré y vi que la puerta de mi armario estaba abierta. ¿Y qué había asomando por el altillo? ¡Sí señores!. El hocico poco discreto de Pepa Pig.

¿Mi reacción? Cerrar la puerta del armario de ipso facto. ¿La reacción de Álvaro? Ponerse a llorar sin dejar de señalar al armario ni dejar de repetir, esta vez con voz apenada, “Pepa api, Pepa api…”. 😦

En fin, con año y medio sé que no se ha enterado de mucho y que el día de Reyes, cuando abra ese regalo, no lo asociará al momento “metedura de pata de mamá”. Ahora bien, el año que viene (y sucesivos) los regalos irán directos al trastero. Nada de pasar por casa hasta la noche del 5.

Por lo menos, como dice mi marido, sabemos que ese regalo le gustará. 😉

En fin, este post también es para “despedirme” unos días. Días en los que aprovecharemos para descansar entre Bilbao y Lleida y disfrutar al máximo de toda la familia.

Ya os contaré a la vuelta cómo han ido estas Navidades así como qué tal la mañana de Reyes de este año. Espero no meter la pata más. Tengo ganas de ver qué carita pone cuando vea regalos de todos sus muñecos favoritos: Pocoyo, Kiki (Mickey),  Pepa Api (Pepa Pig) … 😉

Nos vemos a la vuelta con más historias que contar.

 ¡¡¡FELIZ NAVIDAD A CADA UNO DE VOSOTROS y FELIZ AÑO NUEVO!!!

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¡No sin mi tete!

TETE Y POCOYÓ

¡Sí, señores! Ese es mi Álvaro. 😉

Y es que desde que volvimos de las vacaciones de verano (hace ya un siglo) se ha convertido en un niño completamente dependiente de su tete.

Antes, y os hablo desde que nació hasta hace prácticamente tres mes, únicamente usaba tete para conciliar el sueño. Y en ocasiones ni para eso. Nada más. Vamos, que yo ya iba alardeando contenta con que mi hijo no iba a tener problemas de tetes ni disgustos para dejarlo ya que decía, ilusa de mí, “no es un niño de chupete“.

¡Toma!. Lección aprendida: Nunca digas nunca. Y menos cuando de niños se trata. Son unos “traidores” (dicho con todo el cariño del mundo). 😉

¡En qué momento lo dije! Ahora es, casi citando al gran Quevedo, “un niño a un chupete pegado“.

Se levanta por las mañanas con el tete puesto. Y si se le ha caído de la cuna a media noche, cuando vas a despertarle por las mañanas ya sabe exactamente en qué ángulo se ha caído y te lo señala para que se lo recojas diciendo: tete, tete, tete.

Es tan fan del tete que le da igual si es suyo o no.

Ya me la “ha liado” en dos ocasiones. Y es que ¡se ha agenciado tetes que no eran suyos! ¡horror! (Con razón, este invierno está pillando de todo… 😉  Es broma. Por suerte eran de familiares). 😉

La primera vez, hace un mes aproximadamente, cuando fuimos a conocer a Paula (la hija de mi prima Raquel), mientras estábamos manteniendo una conversación “de adultos” de repente se acerca a mí con un tete puesto. ¡Sorprendida me quedé yo! Enseguida supe que no era suyo. Primero porque intento no salir de casa con el tete y segundo……. porque era ROSA!!! Y de tamaño diminuto. Pobre Paulita…. 😉

La segunda vez que me hizo algo parecido fue hace dos semanas. Estábamos en el cumple del primo Miguel. La escena fue la siguiente: todos los chicos (porque solo había chicos. Ya sabéis que es lo que abunda en mi familia) sentados alrededor de la mesa esperando a que la tarta fuera servida. Miguel, el protagonista, sentado en su trona, presidiendo la mesa. Álvaro a su lado (qué listo él). Miguel tenía el chupete puesto. Un chupete que, en cuestión de segundos, y sin que los más de 36 ojos que estaban presentes entre adultos y menores repararan en el cómo y cuándo, acabó en la boca se Álvaro.

Ese es mi hijo. Reconozco que en esos momentos sólo me entra la risa…. 😉

Ahora intento “distraerle” y hacerle ver que el tete no es para la calle y/o para jugar. Parece que vamos por buen camino (aunque ya lo digo con voz bajita por si las moscas).

Intento decirle: “El tete es para dormir”. Y si le pillo de buenas se va corriendo a su habitación y lo tira en la cuna. Bueno, casi siempre. Es un gamberrete y lo hace todo muy lento mientras me mira con cara de pillo sonriendo…. La mayoría de las veces lo deja caer en la cuna (esperando un enorme y sonado “BIEEEEN”) otras veces se lo mete en la boca otra vez y echa a correr…. 😉

Ya os iré contando cómo van los avances…

Ah! Y la cosa no ha quedado ahí. Al tete se le ha sumado su muñeco favorito (antes sólo nocturno) Pocoyo. Vamos, que sus utensilios nocturnos le acompañan durante todo el día. Pocoyó colgando de su mano derecha y tete colocadito en su boca.

Hay que ver cómo cambian en cuestión de días.

Tiempo de Bronquiolitis…

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Sí, Señores. Por si fueran pocos los virus que, sin ir todavía a la guardería, están atacando a Álvaro, no ha tardado en aparecer la temida Bronquiolitis. 😦

La cosa empezó hace cosa de semana y media. En esa cara bonita y regordeta empezaron a aparecer un par de hermosas velas. Velas a las que yo no le di mucha importancia. Pasados unos días, días en los que las velas lejos de decrecer iban en aumento, apareció la tos. Y a la tos le siguió la fiebre.

Seguí sin darle importancia. Y es que hace un año fui a un curso que imparte la pediatra de Álvaro, sobre primeros auxilios donde se contemplaban prácticamente todas las posibles situaciones. Desde fiebre, pasando por otitis, picaduras, quemaduras, desmayos, espasmos, accidentes en el hogar e, incluso, reanimación cardiopulmonar tanto para niños como para adultos.

Un curso completísimo en el que nos hicieron entrega de un dossier que contemplaba toda la teoría más la solución: cómo actuar o qué medicación, en su caso, suministrar.

He de decir que ese libro para mí está siendo como una “biblia del bebé” y es que contiene todo. Salvo aquella vez, en Huelva, en la que creíamos que Álvaro se había abierto la cabeza, no hemos tenido que acudir nunca a urgencias. ¿Qué tenía 39,5 de fiebre? Sabíamos cómo bajársela. ¿Ante un espasmo (gracias a Dios no le ha pasado nunca)? Sabríamos cómo actuar. En general, debe de ser el libro más consultado de todos los que tenemos en la estantería del salón. 😉

Sin embargo, en esta situación concreta, aun siguiendo todas las indicaciones del dossier, y viendo que nada, absolutamente nada, le hacía efecto, el pasado domingo le envié un e-mail a la pediatra de Álvaro poniéndole en situación. E-mail que me contestó indicándome que, en ese caso, debía acudir a su consulta para que le echará un vistazo.

Así lo hicimos. El martes estábamos en su consulta. Tras auscultarle nos confirmó que tenía Bronquiolitis. ¡Bronquiolotis!

Nos hizo entrega de unas cuantas recetas y para casa que nos mandó.

Reconozco que, aun estando perfectamente explicados en el dossier todos los síntomas así como el correcto tratamiento, no supe identificarlo. Y es que, como sabéis, mi hijo es un súper grandullón. Tanto que a la propia pediatra le costó escuchar los pitidos en la respiración. Además, tiene tanta carne donde coger que a él no se le notaba el pecho hundido al respirar. Y, para colmo, es un niño tan alegre que aún encontrándose mal tenía una sonrisa para todo. Por eso, jamás imaginé que tuviera Bronquiolitis.

Para colmo tengo al pobre con conjuntivitis. Si ya lo he dicho, aun no yendo a guardería, este año está pillando de to´.

Así qué, cómo podéis imaginar, estamos ahora com cincuenta mil medicamentos. Tantos, y a horas diferentes, que tengo que usar el calendario del iPhone para que me recuerde qué y cuándo darle en cada momento.

En fin. Paciencia.

Por si vuestros peques cogen Bronquiolotis, os dejo unas pequeñas pautas de cómo tratarla. Espero que os sirvan y sean de vuestro interés.

¿Cómo tratar la bronquiolitis?

– Mantener al niño incorporado, tranquilo y cómodo.
– Evitar el ejercicio y todo lo que produzca llanto o dolor.
– Lavado nasal con suero fisiológico antes de comer y dormir.
– Ofrecer líquidos con frecuencia.
– Fraccionar las tomas de alimentos.
– Evitar ambientes con humo y no fumar.
– Controlar temperatura: administrar anti térmicos si fiebre.
– Acudir al pediatra si es necesario para recetarnos fármacos específicos.

A Álvaro, por ejemplo, le ha recetado, entre otras cosas, Ventolin. He de decir que eso de tener la camarita y el inhalador en la cara, le encanta. 😉

Accidente infantil.

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El pasado viernes, mi marido y yo, nos pegamos el mayor susto en lo que llevamos como padres.

Eran las 20:45h. Mi marido estaba esperando a que yo terminara de arreglarme para salir de casa pues habíamos quedado para ir a cenar y al cine.

Así que yo estaba en el cuarto de baño, pasando la brocha, repasándome la ralla del ojo y echándome un poco de maquillaje cuando oigo “PPPAAAMMM”. Un fuerte estruendo seguido de un llanto. No tardé ni medio segundo en salir escopeteada del lavabo dirección a la habitación de Álvaro.

¿Cómo me lo encontré? Tumbado en el suelo boca arriba.

¡Sí señores!. Mi hijo, siguiendo los pasos de su madre, se había caído de la cuna dándose de bruces contra el suelo.

¿CÓMO? Pensaréis muchos. Pues sinceramente es algo que sigo preguntándome a día de hoy. Por mucho que le de vueltas, no logro dar con ello. Supongo que habrá sido una mezcla de (i) colchón demasiado grueso unido a (ii) que los protectores estaban atados muy fuertes de manera que si metía la pierna por la parte de arriba y se daba un poco de impulso lograría “trepar”. Pena no haberlo sabido antes. 😦

Gracias a Dios no le pasó nada. El llanto (y el gran susto) se le pasaron con mimos de mamá y besos mágicos. En 10 minutos le tenía cantando por toda la casa. Mi hijo es así. Se me cae la baba. 😉

Cuando yo era pequeña también me caí de la cuna. Pero, a diferencia de Álvaro, no lloré nada. Podéis imaginar la cara de susto cuando, al día siguiente, mi madre fue a despertarme y vio que yo no estaba en mi cunita. ¿Dónde si no? Debajo de ella, durmiendo plácidamente. 😉

De tal palo, tal astilla. 😉

En fin, como podéis suponer, esa noche durmió en la cuna de viaje. Sin barrotes, ni colchón de un palmo de grosor ni protectores incómodos. Eso sí, al día siguiente mi marido y yo, lo primero que hicimos al salir de casa fue acercarnos a Carrefour a comprar un colchón MUCHO más fino. Ello, unido a que los protectores ahora están flojísimos, ayudará a que este episodio no se vuelva a repetir. Esperemos.

He de reconocer que, inconscientemente, me invadió un sentimiento de culpa y frustración al ver a mi pobre niño llorando como lo hacía. También me sentí impotente por no saber si se había hecho mucho o poco daño. Así que en cuanto él cayó rendido en la cuna me encerré en el baño y no pude evitar echar alguna que otra lagrimilla. Yo también me asusté.