¡Qué diferentes son los hijos!

Qué decubrimiento, ¿verdad?. 😉 No, claramente no he esperado a ser madre para saber esto pero sí me ha hecho falta para vivirlo en mis propios hijos. Y soy consciente de que, a medida que vayan creciendo, habrá más cosas que los diferencien – al igual que habrá muchas otras que evidencien que son hermanos -. Eso es lo bonito. 

Dicen que no hay un hijo igual. Pues bien, al margen de todas las cosas que les unen – el físico, los gestos, su simpatía…-, hoy me voy a centrar en dos aspectos: “el comer” y “el dormir”. Tan iguales y tan diferentes a la vez. 
En cuanto a lo primero, ambos me han salido comilones. Las gráficas de percentiles no lo ponen en duda. Si juntamos las cartillas sanitarias de Álvaro y Carlota, una es el calco de la otra. Y los dos, sí los dos, se salieron de gráfica en el segundo mes de vida. ¡Qué hijos más “gordos” tengo! 😉
Ahora bien, lo que diferencia a Álvaro de Carlota es, sin duda, el buen comer de Álvaro. Es decir, el modo en cómo lo hacía. ¿Razón? El, ya aburrido, reflujo de Carlota y del que no os voy a hablar más.
Darle un biberón a Álvaro era coser y cantar. Una auténtica gozada. Estuviera donde estuviera lo engullía en 10 minutos. Con Carlota, sin embargo, tardo entre 20 y 30 minutos – eso, los días buenos porque en un día malo podemos estar más de una hora -. La pobre está hambrienta pero el dolor no la deja comer tranquila. A veces opto por medio dormirla y así logro que coma algo más.
Al empezar las papillas con Álvaro, donde me pasaba media hora – cucharita a cucharita – para que se terminara todo el tanque de puré que tomaba, pensé: “qué cómodos eran los biberones”. ¿Con Carlota? Con ella estoy deseando empezar con purés a ver si así, tardando lo mismo que un biberón, me come con menos dolor y le resulta menos traumático. Me han dicho que en cuanto empiezan con sólidos mejoran mucho. Eso espero. Cuento los días para que llegue el momento… 😉
Como véis, con Álvaro era comodísimo. Con Carlota…. ya no tanto. Como dice mucha gente: seguro que se compensa con otra cosa. 😉
En lo que respecta al sueño, de momento, puedo decir: ¡qué suerte hemos tenido!. 
Ambos han salido a su madre. Unos auténticos “marmotillas”. Duermen fenomenal. Cruzo dedos para que sigan así. Con Álvaro apenas puede haber cambios pero con Carlota no sé yo. Dicen que a los 6 meses les cambia el patrón del sueño. Ahora bien, así como Carlota empezó a hacerme la noche entera a los dos meses y medio, con Álvaro eso no pasó hasta los casi 7 meses. ¡Sí Señores! ¡No perdonaba el bibe de las 5 de la mañana absolutamente nunca!. Yo estaba agotada. Llevaba ya 3 meses trabajando y el tener que levantarme cada noche era matador. Por suerte mi marido y yo nos fuimos turnando. Los dos trabajábamos, los dos apechugábamos. 😉
La historia tiene su por qué y es cierto que de los “errores” se aprende. A Álvaro le acostaba a las 21h hasta nuevo aviso. Y, como estaba tan gordo, apenas le daba cereales en el biberón de la cena por lo que no fue hasta noviembre, que ya le metí 6 cacitos de cereal de golpe, que me empezó a dormir la noche entera. Con Carlota empecé a darle un biberón extra de leche a las 12 de la noche, medio dormida. Y sólo así he logrado que me aguantara hasta las 9 de la mañana. Eso sí, una de las razones que me llevaron a tomar esa decisión fue porque el bibe de las 4 o 5 de la mañana, por culpa del reflujo, era terrible y, si podía, tenía que terminar con esa situación. Así que el de las 4 o 5 se lo adelanto a las 12 y, al estar dormida, lo come de maravilla.
Eso sí, no está tan gorda como lo estaba Álvaro a su edad. También es cierto que es una niña. Así que espero que en la próxima consulta que tengamos con la pediatra, me deje introducirle ya los cereales – generósamente – a ver si así, quitándole el bibe de las 12 me duerme toda la noche. Con los bebés todo es “ensayo-error”. Ya os iré contando…. 

¡Visita de las tías!

  
Como ya sabéis, tanto la familia de mi marido como la mía están fuera. En mi caso, quitando una hermana y 3 primas, el resto vive entre Lleida, Barcelona y Pamplona.

Pues bien, el pasado lunes 13 vino a pasar unos días mi hermana Helena – de “casi” 21 años -. Se fue antes de ayer. Y con ella, se ha quedado un gran vacío en casa. 
No sabéis qué amores Álvaro con su tía Helen. Digamos que yo, su madre, pasé a un segundo plano. “Tía nena” para todo: para ir al cole, para recogerle, para bajar a la pisci, para comer, para contar cuentos, para jugar, para dormir…., y así un sinfín de situaciones. Tiene muy buena mano con los niños. Ya sean recién nacidos como Carlota o pequeñas “bestias” – con todo el cariño del mundo hacia mi peque – como Álvaro. 
Por mi parte, me he sentido súper acompañada. Hemos ido a desayunar todos los días, de compras, a la piscina, a tomar algo a media tarde…. Y ahora que se ha ido…. me siento, nuevamente, sola. Con Diego en el trabajo, Álvaro en el cole y Carlota con sus problemas de reflujo tengo infinitas ganas de que mi marido coja vacaciones para irnos de Madrid, pasar unos días con la familia a la que tanto se echa de menos, pasar otros tantos días con nuestra familia de 4 – este año toca el norte – y, a ver si lo logramos, hacer una escapadita mi marido y yo – sin niños – a quien también echo de menos. 
Ayer, hablando con mi madre, le dije: “Ya echamos de menos a Helenita”. Y ella me contestó: “Nosotros también la hemos echado de menos estos días”. Y fue cuando le dije: “Ojalá viviéramos más cerca”. 

También está mi otra hermana Andrea por Madrid pero está en una especie de convivencias con su colegio mayor. Eso sí, sus convis acaban mañana y se vendrá a pasar unos días con nosotros. ¡Qué ganas!
A veces envidio a mi hermana Mónica, la que vive en Lleida, pues puede ir a casa de mis padres cuando ella quiera. E, incluso, a mis cuñadas. Las dos viven en Bilbao, a escasos metros de la casa de “abu”.
Yo, si no fuera por el palizón de viaje que supone para los peques ir a Lleida o Bilbao, iría todos los fines de semana. Ahí se respira paz y, al haber siempre gente en casa, te sientes súper acompañada. Y yo, que vengo de una gran familia, lo agradezco infinítamente.
En Madrid estoy súper feliz pero es una ciudad muy grande para estar prácticamente sin familia. Así que, como véis, cualquier visita se agradece. 
Eso sí, mientras tanto, ¡viva el facetime!
Hemos estado súper bien con Helen en casa y, estoy segura, con Andrea será igual. 😉
En fin, ¿que tal lleváis vosotros el haber formado una familia lejos de la vuestra?

Cómo afecta a los padres el tener un hijo con reflujo.

En mi caso, entre otras cosas, recuperación del peso ganado en el embarazo en tiempo récord. ¡Qué poco mérito tengo!.
Bien es cierto que durante el embarazo de Carlota no cogí, ni de lejos, los kilazos que se apoderaron de mí en el de Álvaro. Pero engordé. ¡Claro que engordé!.
Con Álvaro no tardé mucho tiempo en recuperar mi peso aunque sí me pasé el verano viéndome “gorda”. Con deciros que no bajé a la piscina comunitaria en todo el verano de lo flácida y celulítica que me veía…. Es que más de 20 kg se notan. 😉
Pero ¿con Carlota?. Con ella ni me he enterado. ¡Cero esfuerzo, oigan!
Y es que, amigos, el reflujo que sufre Carlota lo he sufrido a mi manera. Cuando empezamos con las incógnitas – que si intolerancias, que si reflujo, que si gases, etc. – mi estómago se cerró por completo. No tenía apetito en, absolutamente, ninguna hora del día. ¡Hasta llegué a suprimir mi Burguer de los jueves! ¡Sí, Señores! Ese Burguer que, desde mucho antes de casarme, ¡ha sido sagrado!. 
Mi marido, preocupado ya por la situación, no paraba de decirme: “Mer, tienes que comer algo”. ¡Claro que comía! Pero los nervios me llenaban enseguida el estómago y si normalmente como 1+ 2 + 3 (aunque esté delgada soy de buen comer), pasé a comer sólo 1 y ese 1 lo hacía medio forzada. 
Al pasar así dos semanas, mi hermana Victoria – la Doctora – me mandó unas vitaminas y un complemento alimenticio. Desde entonces, poco a poco, unido a las lentas pero, al fin y al cabo, mejorías de Carlota, he ido recuperando apetito. Bien es cierto que con este calor apetecen más líquidos que sólidos pero ahora vuelvo a comer con gusto.
Habrán sido tan sólo 2 semanas con el estómago cerrado. 3 a lo sumo. Pero mi cuerpo está, en Kg, como el verano pasado desde hace ya semanas. Solo me falta tonificar un poco la tripilla pero nada que unos buenos ejercicios hipopresivos no consigan. La flacidez de los muslos ya la doy por perdida…. 😉
En el bautizo de Carlota mi cuñada Blanca me preguntó: “¿Cuál es tu secreto para estar así de estupenda a dos meses de haber dado a luz?”. Mi respuesta – medio bromeando – fue: “Tener un hijo con reflujo”. 
Ahora en serio. ¡No compensa! Se pasa fatal en todos los aspectos y quizá lo único “bueno” es que, sin esfuerzo, he recuperado mi figura en tiempo récord. Pero nunca olvidaré lo mal que lo hemos pasado – y seguimos de lucha -. 
Y digo que “seguimos de lucha” pues cada X tiempo la situación empeora y Carlota vuelve a las andadas. Ahora, por ejemplo, le hemos cambiado de medicación. La ranitidina empezó a dejar de hacer efecto y pasamos a omeprazol. Entre que ha empeorado y el calorazo insoportable que estamos sufriendo en toda la Península, hace que hayamos dado un paso hacia atrás.
El reflujo en bebés es una enfermedad de la que nadie habla cuando debería ser más tratada. Es una enfermedad que nadie entenderá hasta que no la viva en sus propias carnes – o, mejor dicho, en sus propios bebés -. La gente no sabe qué es el reflujo o, más bien, no sabe cómo es el comportamiento de un bebé con reflujo ni sabe la paciencia que tenemos que tener los padres para no perder la cabeza. Mucha gente, con buena fe, me pregunta cómo sigue Carlota y por mucho que les cuente no llegrán a ponerse en situación. Me animan mucho, eso sí. Pero a veces lo comparan con tener un bebé con cólicos o con otra cosa distinta. ¡Me río yo de los cólicos! Tenemos que dar gracias a Dios de que a Carlota no le está dando muy fuerte y engordando sigue muy bien. De hecho el otro día en la revisión del pediatra nos dijo que ya se salía de toda gráfica por larga y por gorda. Vamos, ¡que tiene el tamaño de un bebé de 5 meses!.
Pero un bebé con reflujo, es un bebé enfermo. Un bebé que necesita más cuidados y atención de lo normal. Un bebé cuyos padres, en muchas ocasiones – aunque, gracias a Dios, no es nuestro caso – están bajo tratamiento por depresión y ansiedad.
Aun con todo, nosotros tenemos que dar gracias de que, aun llorando en algunos biberones, es una niña que duerme toda la noche desde los 2,5 meses, que come – luchando – sus biberones, apenas vomita y el resto del tiempo está constantemente regalándote sonrisas y carcajadas que enamoran todavía más. Es una niña súper despierta y cotilla (mujer tenía que ser). En pocas palabras, es un amor. 😉
Ahora bien, hay otros padres que lo pasan peor. Estoy metida en grupos de refuerzo de padres con bebés con reflujo y no sabéis lo que llego a leer: Padres que están bajo tratamiento por la angustia que provoca ver que tu hijo llora constantemente en las comidas – nosotros lo hemos vivido -, bebés que se ahogan por las noches, otros tienen que ser ingresados por desnutrición o asfixia, etc. En definitiva, en función del grado de reflujo que tenga tu hijo, la situación puede ser dura y desesperante a más no poder.
Mi caso está muy lejos de todo esto pero también lo estamos pasando mal. Ya van 3 meses así. Cierto es que ha mejorado, y mucho, pero no ayuda nada el tener como ejemplo a un hijo, Álvaro, que desde que nació comía – más bien, zampaba – como una lima sin más complicación. ¡Qué bien acostumbrada me tenía! Álvaro claramente fue un niño trampa. 😉
Y es que, ante todo, el tener un bebé con reflujo requiere de mucha paciencia y tranquilidad. 
En fin, pediría más apoyo para los padres que, como nosotros, tenemos que lidiar con el puñetero reflujo día sí, día también.
Su seguimiento se lo está realizando la misma pediatra de Álvaro. Una pediatra, también madre, que al pasar por lo mismo con su hijo menor nos ayuda en todo momento. Me he convertido en una adicta con los emails explicándole la evolución, o retroceso, de Carlota. 😉 Y la verdad es que, al margen de su buena profesionalidad, nos está animando cantidad. Algo que dejan mucho que desear las dos pediatras a las que acudí de la Seguridad Social. Nada me dijeron. Nada me dieron. Nada me ayudaron. Sólo se centraron en el buen peso de Carlota sin reparar en que, aun siendo buena comilona, el reflujo le estaba provocando tal dolor que sólo con medicación podía calmarla un poco. Medicación que evidentemente me recetó la pediatra por privado.
En fin, padres con bebés con reflujo, mucho ánimo, mucha paciencia y, sobretodo, espero que déis con un buen pediatra porque la situación cambia mucho. Y aquí me tenéis para lo que queráis que de reflujo se un rato. 😉
Por nuestra parte, espero que vaya mejorando pues, como dije en otro post, esta “baja por maternidad” está resultando muy distinta a la de Álvaro. Digamos que está siendo algo más “estresante” y, aun durmiendo toda la noche súper bien y echando siestas, noto que estoy cansada “psicológicamente”.
Necesito un fin de semana de relax total con mi marido. A ver si antes de volver al trabajo buscamos un hueco y nos vamos los dos solos. Sin niños de por medio. ¡No sabéis lo que me apetece!
Aun con todo, tenemos momentos muy buenos con Carlota. Es súper risueña y me encanta verla sonreir. A veces, incluso, cuando rechaza el bibe, ya no lo hace llorando sino que aparta su boquita y me lanza una sonrisa coqueta. Me la como. 😉

  

¡Empezamos el cole de verano!

  
Ya os he ido avanzando, en posts anteriores, que Álvaro iba a empezar su “cole de verano” – el English Summer Camp – hasta las 14h. ¡Qué comienzo, oigan!
¡Su entrada fue triunfal! Como los toros cuando entran al ruedo. ¡Así fue!. Diego y yo nos quedamos cinco minutos a verle y ¡vamos! nos fuimos encantados. Cualquiera se despedía de él. ¿Adiós a sus padres? ¿Quiénes son esos?. Él sólo estaba concentrado en los columpios, jugando con otros niños y gritando -todo emocionado – : “¡Parque! Parque!”
¡Sí, Señores!. Mi hijo es así de efusivo. Ahí donde vamos la gente me suele decir: “¡Pero qué niño tan feliz!”. ¿Qué van a decir? A todo le pone tono de emoción. 😉
He de reconocer que el primer día se le echaba mucho de menos (bueno, y los demás también.). Hasta la chica, que podía estar mucho más relajada, me reconoció que la casa estaba híper silenciosa sin Álvaro y que cuando empezara el cole de verdad, hasta las 17h, le iba a echar más de menos todavía. Y mira que puede resultar agotador pero le quiere cantidad, la verdad. 
Cuando fui a recogerle y me vió, vino corriendo – híper contento – gritando: “Mamá! Mamá!” Y se lanzó a mis brazos. Cuando les pregunté a sus profesoras qué tal se lo había pasado, una me dice: “¿Éste? Fenomenal! Es un juerguista…..”. Y la otra me dijo: “Todo lo mira. Ha disfrutado muchísimo. Es un niño graciosísimo”.
Cuando le di la mano para irnos empezó a decir “bye bye” a todos. Pero la idea de irse no le convencía mucho así que andaba por el pasillo súper lento sin quitar la mirada a su “zona de juegos”. Le costó irse, la verdad. Y luego en el coche iba calladísimo. Debía de ir pensando “¿por qué narices viene mi madre a recogerme?”. 😉
Eso sí, ¡¡estaba agotado!! Tanto que, aun estando de obras los de la casa de al lado, picando casi en su pared, el tío durmió su siesta reglamentaria de 3 horas – y más diría yo -. 😉
Al día siguiente, después de vestirle y desayunar le digo: “Al cole Álvaro”. Y se vino conmigo súper contento al son, nuevamente, de “A cole! A cole!”
Al bajar del coche – eso sí, bajarse él solo, porque últimamente no quiere ayuda y siempre repite “solo, solo” – se puso muy emocionado y me dijo: “a mano, mamá. A mano”. Así que fuimos de la mano hasta su aula donde le esperaban las profes con otros niños. La clase tiene salida directa a un parque así que nada más entrar, me soltó la mano y se fue directo al tobogán gritando de nuevo: “Parque! Parque!”. Esta vez sí que se giró y me lanzó una mirada sonriente. Lo tomé como un despido. 
Las profes se reían y me dijeron que el día anterior se pasó todo el tiempo gritando lo mismo. Y que, a la que puede, se les escapa al parque. De hecho, uno de los días que fui a recogerle, no estaba en la clase. Había aprovechado un descuido de la profe para salirse al parque. Así que salimos y ahí nos lo encontramos. Solo, jugando emocionado a 40 grados bajo el sol. 
En fin, va contentísimo al cole. Tanto que, salvo el primer día, el resto de los días no quiere venirse conmigo cuando voy a recogerle. Ello unido a que está agotado (hay días que se me duerme en el coche en el escaso trayecto del cole a casa), me monta unas rabietas……
Una profe, ante la rabieta, me preguntó: “¿Qué le pasa?” Y yo le contesté: “Pues que se quiere quedar en el cole”. A lo que ella soltó una carcajada y dijo: “Me parto. Es el primer niño al que le pasa esto”. 
¿Alguna recomendación para las rabietas en público? 
En fin, creo que su comienzo real del cole – en septiembre – va a ser menos traumático de lo que pensaba. O eso espero. Aunque he de reconocer que el viernes le costó más separarse de mi. De hecho, aproveché a irme cuando le vi en el patio distraído con otros niños pero, de camino al coche, eché una ojeada – desde el parking – al patio y le vi al pobre cómo me buscaba de un lado para otro medio llorando y repitiendo “mamá, mamá”. Se me partió el alma. 
Os he de reconocer que como esto me pilla de nuevas, tengo una alarma puesta en el móvil de “Recoger a Álvaro” para que suene 30 minutos antes. Y ¿por qué?, os preguntaréis. Pues sencillamente porque me conozco y, con esto de los olvidos posparto, me veo recibiendo una llamada del cole para ir a recogerle.
No sería la primera vez. Hace unos 5 años, cuando mis hermanas – las universitarias, Helena y Andrea – todavía estaban en el cole, mi madre – que iba a recogerlas todos los días – se encontraba mal así que me ofrecí a ir yo a por ellas. Tenía que estar en el cole a las 17h. Pues bien, la siesta me jugó una mala pasada. A las 18h suena el teléfono. Lo cojo. Era mi hermana Helena preguntando por mamá. Yo, que reconozco no tengo buen despertar de la siesta, le contesté un: “¿Para qué la quieres? ¡Déjala descansar!”. A lo que ella me responde con vocecita dulce: “¿Y quién viene a por nosotras al cole?”. En ese momento me acordé de mi “tarea” y fui pitando a por ellas. Les pedí mil veces perdón por ello y, sobretodo, por la mala contestación que sin razón le di por teléfono.
En fin, como véis, con mi hijo no me la quiero jugar. 😉
Ahora, tras una semana de cole, ha pasado el finde con fiebre y mocos. De hecho, hoy no le he llevado. Hasta que no se le vaya la fiebre del todo me temo que se quedará en casa. Creo que la culpa es mía por poner el aire acondicionado en casa. Y es que los 40 grados de Madrid no hay quien los soporte!!
¡¡¡Cuánto envidio ahora a los del norte!!!