Pizarra Aquadoodle familiar.

  Como ya sabéis, por posts varios y alguna que otra foto en Instagramque, por cierto, le he empezado yo a coger gustillo a esto de colgar fotos -, en casa estamos viviendo la fiebre Patrulla Canina. Tan es así que la semana pasada se sumó a nuestro arsenal de juguetes, otro más de estos encantadores cachorros.
El pasado viernes fue el Santo de Álvarohago un inciso para reconocer, públicamente, que quien tuvo que recordarme tal festividad fue mi amado móvil– y como en esta casa somos de celebrar no sólo los cumpleaños sino, también, los santos, suele caer algún detallín – algo más sobrio que en los cumples pero detallín al fin y al cabo-. 
Pero ¿qué haces cuando es tu móvil quien te avisa, el mismo día, de ese santo?. Obviamente no tenía nada preparado para Álvaro así que pensé en escaparme en algún momento del día a por algo y dárselo a modo de sorpresa – camuflándome en esa madre perfecta que siempre se acuerda de todo -. 
No me salió bien
El día del santo me tocó llevar a Álvaro al cole. Luego me fui a trabajar. Después me fui a la pelu – momento de relax máximo – y al salir, que ya eran las 17h, me tomé una tosta de bonito como comida – un poco tarde – y me fui pitando al cole a recogerle -. Llegué de las últimas. 
Vista mi mala organización – y que no perdoné el momento pelu – tenía dos opciones. O le dejaba en casa y me iba a comprar el regalo “sorpresa” o me lo llevaba conmigo – adiós sorpresa-. Opté por ser práctica. Me lo llevé conmigo. 
Álvaro no se entera muy bien qué es el santo. El oye “felicidades” y piensa que es su cumple. Lo deduje cuando al felicitarle por la mañana me dijo: “a poner corona a Álvaro”. Lo deduje, también, cuando al llegar a casa con su regalo me dice: “ahora a soplar velas“. Y lo deduje también cuando, sentado en la mesa para cenar, me dijo: “vamos a comer tarta“. Obviamente ni corona, ni velas, ni tarta tuvo. Pero sí regalo.
Una vez en el Centro Comercial, fuimos a la sección de juguetes. Tuvimos que pasar por una zona exageradamente sobredimensionada de productos Frozen, bordeando otra similar de Disney, hasta que llegamos a LA ZONA – entiéndase por tal, la de productos de Patrulla Canina-. 
Se le encendieron los ojos al ver a Marshall con su inmenso camión de bomberos. Sin embargo, al tener ya – en miniatura – todos los muñecos de Patrulla Canina tuve que lidiar con él para intentar convencerle de que a Marshall ya le tenía. Al principio no coló. ¡Cómo íbamos a comparar su diminuto perrito con semejante ostentosidad!. Sin embargo, no cesé en mi intento y finalmente lo logré. 
Yo buscaba una pizarra o similar y encontré la Aquadoodle. La idea en sí me encantó. Es una pizarra que funciona con un rotulador recargable con agua. Es decir, no usa tintas por lo que no mancha nada. Únicamente funciona sobre la pizarra y lo dibujado desaparece al secarse. La pizarra se coloca donde queráis aunque, por comodidad, el suelo es el lugar idóneo.
Nos pasamos toda esa tarde, y la sucesivas hasta hoy, jugando con la pizarra. ¡Nunca imaginé que le divirtiera tanto!. Y no sólo a el. Carlota ve la pizarra extendida en el suelo y, arrastrándose con su culete, logra llegar a ella en un pispás. 
A ver lo que nos dura el efecto “juguete nuevo“. 😉

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Mi hijo todavía no gatea….

  
En relación al post de la semana pasada, cada vez que alguien me pregunta extrañado si Carlota, con 10 meses que tiene, no gatea todavía, contesto con humor: “Pues no, todavía no. Nos ha salido vaga la niña“. Y ahí se acaban los prejuicios – verbales por lo menos -. 
Y es que, como en todas las cosas, hay niños que se lanzan a gatear con una facilidad pasmosa y otros, en cambio, a los que les cuesta un poquito más. Todo es cuestión de tiempo y, sobretodo, de no forzar. Eso dicen. Y no, Carlota todavía no gatea pero es que, al margen de los otro motivos – que los habrá -que le lleven a no hacerlo todavía, a ella le puede la vagancia. ¡Pero mucho, oigan!. 
Aunque, por otro lado, con 11 kilazos que tiene, ¿qué esperamos?. Nosotros, sus padres, debemos entender que moverse con semejantes lorzas y muslámenes cuesta. 
Aun así, y sin tener prisa por que gatee, os reconozco que a estas alturas nos sorprende un poco. Entre los 8 y 9 meses parecía que estaba a puntito de caramelo. De estar sentada sabía colocarse en posición “reptil” con facilidad y mostraba inquietud por alcanzar el objetivo propuesto.
Sin embargo con 10 meses que tiene ya, creo que ha decidido que esto del gateo mejor para su madre – la cual, junto a su hermano Álvaro, se pasa todas la tardes gateando por la habitación a ver si así incita a su hija a hacerlo-. 
También es cierto que habiendo aprendido a moverse por toda la casa con su culito respingón, pierna delante, otra detrás – no me preguntéis cómo. Yo sería incapaz – ¿para que esforzarse más?. A veces se coloca, accidentalmente, boca abajo y hace amagos de gatear pero a la que repta dos cm emite un sonido quejoso como decidiendo que eso no va con ella y, acto seguido, opta por hacer la croqueta de un lado para otro. Paciencia cero, oigan. 
Sin embargo no todo está perdido. Esta semana hemos avanzado algo. ¡Ya se coloca en posición gateo! Y ahora me pregunto ¿cuánto tardará en arrancarse? Me temo que la poca tranquilidad que tenemos con un niño de casi 3 años y una bebé, hasta ahora, casi inmóvil, llega a su fin. Y ahí, sí que sí, empezará la juerga. 😉
En fin, ¿que hay técnicas para incitarles a esto del gateo?. Si. ¿Que yo las he probado?.También. Pero ya digo, cuando os sale un hijo vago lo mejor es no forzarle y, sin tirar la toalla, dejar que voluntariamente se arranque. Y reitero, en esta casa no hay prisa. 😉
Las técnicas para incitar al gateo que hemos usado – y que no han sido pocas – ya las dejo para otro post aunque, visto lo visto, se aceptan sugerencias. 😉

Mujeres perfectas vs. Mujeres desesperadas.

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La maternidad, como la vida misma, está llena de momentos felices y otros un tanto menos. Muchos te sacan una sonrisa; otros pocos, en cambio, una lagrimilla ya sea por preocupaciones o, simplemente, por superaciones. Y ¿qué hay de malo en reconocerlo? En mi opinión, todos y cada uno de esos momentos merecen la pena ser vividos porque de todos se acaba aprendiendo algo y ese algo siempre será para bien. Siempre.
Sin embargo estamos en la era del postureo y siempre quedará mejor aparentar ser una madre/mujer perfecta. Y sí, hablo de aparentar ser – que no ser, a secas – pues la mujer perfecta no existe aunque sí muchas que aparentan serlo.

 

El otro día, comentando con mi hermana Moni la que, sin duda alguna, es la mejor serie de la historia – clara exageración propia –, Mujeres Desesperadas, me acordé de un capítulo que refleja a la perfección lo que hoy vengo a decir aquí.

 

No sé que tiene – o tuvo – esa serie pero lo cierto es que no me canso de verla. 8 temporadas tiene, y tras varios meses viéndola incansablemente, cuando termino, dejo pasar unas semanas prudenciales y vuelta a empezar. Y así, hasta hoy. 12 años ya. Preocupante, ¿verdad?. 😉

El caso es que la serie narra la vida, aparentemente idílica, de cuatro mujeres, todas madres. Y no es hasta que una de ellas se derrumba que el resto no se quita la máscara de madres perfectas para mostrarse como realmente son: mujeres normales, mujeres reales. Ese capítulo me gustó especialmente. Quería poneros el vídeo de YouTube pero no logro dar con él.

 

¿Qué quiero deciros con esto? Que no existen las mujeres perfectas. Y no nos engañemos ni nos queramos sentir inferiores a otras que, aparentemente, sí lo sean. Cierto es que la culpa es parte del mundo en que vivimos y parte también nuestra. Se nos exige mucho y nos auto exigimos mucho. Y quizá por el miedo al qué dirán o pensarán, muchas de las cosas menos maravillosas de la maternidad nos las guardamos para nosotras solitas. Error.

 

 

Vivimos en una sociedad donde la maternidad está en constante punto de mira y elijas la opción que elijas, desgraciadamente, siempre será no apta para alguien. Y no me estoy refiriendo a las guerras, absurdas si me permitís decirlo, sobre lactancia materna, colecho o el tomar la decisión trabajar fuera o dentro de casa, por ejemplo. Mi “queja” va más allá. Me refiero a desterrar, de una vez por todas, esa idea de perfección en la maternidad que no existe. Me refiero a esas “Mujeres perfectas” que acaban creando “Mujeres Desesperadas”. Desesperadas por no lograr llegar a todo e ingenuas, si me permitís decirlo, por creer que la de al lado es tan perfecta como aparenta.

 

 

¿Quién no se ha topado con la típica madre que su hijo es, a sus ojos, perfecto?

 

Ella: “Le han puesto vacunas a tu peque? ¿y qué tal?”.

Tú:Pues fatal. Se ha pasado dos días irritable”.

Ella:Pues fíjate que a mi hijo ninguna reacción”.

 

Meses más tarde, te topas con esa misma madre y te pregunta:

 

Ella: “¿Ya le has quitado el pañal?”

Tú: “Pues todavía no. Lo intentamos una semana y fue un fracaso total”.

Ella: “Pues el mío fenomenal. Ya ni duerme con pañal.”

 

Meses más tarde…

 

Ella:¿Y qué tal te duerme?

Tú:Pues mal. No hay noche que no se despierte

Ella:Jo, menuda faena. El mío duerme como un angelito desde que nació”.

 

¿Cuál será la siguiente reacción cuando nos volvamos a encontrar con esa persona? Decir que todo va bien y, acomplejadas, cambiar de tema. No nos damos cuenta pero en ese momento, indirectamente, también estamos dando la imagen de “mujer perfecta”. Unos por otros y la casa sin barrer. ¿Qué triste, verdad?.

 

¡Ojo! Que yo no digo que si realmente nuestro niño duerme bien, no lo digamos. Faltaría más. Suerte que tenemos. Pero hay maneras y maneras. No me digáis que la cosa no cambia si aun siendo su hijo aparentemente perfecto te dice: “Venga, ánimo que lo estás haciendo de maravilla. Ya te dormirá mejor o te comerá más. Y si ya te cuenta, en confidente, alguna cosa menos maravillosa de su maternidad, lo borda. ¡Qué importante es la empatía, señores! 😉

 

 

En fin, paremos y pensemos. ¿Somos malas madres por reconocer que, de vez en cuando, no podemos con la situación?. ¿Somos malas madres por querer desaparecer, algún que otro día, de nuestra idílica vida?. En ese caso yo sí lo soy. Adoro a mis hijos pero estoy deseando que llegue el verano para encasquetárselos a alguien – se aceptan voluntarios – e irme con mi marido de segunda luna de miel por nuestros cinco años juntos. 😉

 

Y ahora voy yo, claramente mujer imperfecta, y os cuento mi pequeña confidencia – y como esta hay muchas más –.

 

“Tengo un marido maravilloso y unos hijos que son un claro regalo de Dios pero ¿sabéis qué?. Estando de baja por maternidad – sí, la de Carlota – no eran pocos los días que acababa hasta el moño de su reflujo y os reconozco que uno de los mejores momentos del día para mí era levantarme, ducharme e irme SOLA a una terracita a tomar un café. ¡Cómo volvía, señores! ¡Totalmente renovada y dispuesta a ser la mejor madre del mundo!”.

 

¿He de sentirme mal no sólo por hacerlo sino por pensar que ese momento, sin hijos, era para mí algo maravilloso? Pues no, señores. Y si alguien piensa que sí, haré oídos sordos.

 

Centrémonos en hacerlo lo mejor que sepamos pues, como siempre digo, a ojos de nuestros hijos siempre seremos las mejores madres.

 

En fin, seguro que más de una ha pasado por alguna que otra situación similar. Seamos empáticas y compartámoslo. A mí, seguro, me ayudará. 😉

Cuando un par de zapatos no dura ni 5 meses.

Ayer publicaba una foto en Instagram con el socavón que mi hijo mayor de 2 años había hecho en sus zapatos. Hoy amplío la historia en este post.
Antes de empezar el colegio, nos indicaron que los niños de 2 años tenían que llevar zapatos de velcro y no de cordones, por aquello de que los pobres pudieran ponérselos y quitárselos con facilidad. Adiós a mi imagen de niño con uniforme y mocasín. Hola a la imagen de niño con uniforme y zapatófono. 😉
Me fui al Corte Inglés a por ellos y salí con un par de zapatos negros, de velcro, lo menos vastos posible y, aparentemente, muy todoterrenos. Le cogí un número más del que él usa. Ya sabéis que a los niños les crece el pie de temporada en temporada así que fui previsora. Ya teníamos zapatos para todo el año. O eso creía. Lo que no me esperaba por aquél entonces es que, 4 meses después, iban a ser desterrados y no, precisamente, por el tamaño.
Tal día como ayer, me llama mi marido por la mañana después de dejar a Álvaro en el cole. Siempre me llama para contarme cómo se ha quedado, si feliz o llorando. Va a días.
La conversación de ayer fue diferente. ¿”Sabías que tiene un agujero en un zapato“?, me dijo. Yo me eché a reír al tiempo que pensaba en cómo diantres había logrado hacerlo. Y es que no estamos hablando de rozaduras o suelas levantadas. Lo que nuestro querido hijo ha hecho es un agujero redondito, redondito. ¿”Pero se ve mucho“?, pregunté. “Bueno, se le ve un poco el dedo“, contestó.
Al irle a recoger esa misma tarde pude ver cómo uno de sus dedos estaba pidiendo a gritos un zapato nuevo. Así que ese mismo día nos fuimos de compras.
Visto el “buen” resultado que me dieron los zapatos del Corte Inglés – ironía pura -, decidí comprarle los nuevos en Merkal. Vamos a ver qué tal. 😉
Si el resultado es similar me temo que los próximos ya serán de Carrefour. Esto de ir comprando zapatos cada 4 meses no me va a salir rentable.
Y que me perdonen los seguidores de Instagram y de Facebook pero tengo que poner la foto. 😉

 

Y mientras tanto, sigo sin entender cómo sucedió…. 😉